jueves, 30 de agosto de 2012

Campeones del mundo ( aunque previamente iba a titularlo "Un día triste")



Reflexión más allá del humanitarismo sobre la retirada de la atención sanitaria a los inmigrantes ilegales.

Podría utilizar un personaje imaginario, procedente de África, portador de cicatrices de quemaduras del salitre y pasos de frontera clandestinos, pero no voy a hacerlo. No lo haré por un motivo: si centramos el debate en los derechos de las personas, nos enmarañaremos en argumentos voluntariosos, acabaremos hablando de economía, o sea, de dinero, y quedaremos exonerados de nuestra culpa, nuestra gran culpa que diría alguno. Me propongo por tanto, desenmascarar nuestra propia miseria. Advierto desde el principio que saldremos mal parados y remarco que los defectos de los colectivos no son achacables a los individuos que los forman. Yo soy un ser feliz en mi vida diaria cuando la unidad es mi cuerpo, mi mirada, mi voz y mi nombre; y soy un hombre frustrado, desdichado, amargado cuando me miro en el espejo junto al resto de componentes de la sociedad de la que formo parte.

Como sabéis no dispongo de los datos suficientes como para poder definir España. He luchado denodadamente por no confundir el estado ni el mapa de national geographic con mi pais. He porfiado por mantener vivo el concepto añejo de país ligado al terruño, al clima y a la forma de relacionarse de las personas. Por eso soy argentino y de Sicilia, pero no soy gallego ni de Majadahonda. En cualquier caso, España, como estado, como unidad funcional es algo con defectos y con virtudes.

Me gustaría ser capaz de no hablar desde la subjetividad ya que lo que pretendo abordar es un tema muy concreto. Hablo de la sanidad.

Considero que el sistema sanitario español es el mayor logro que como colectivo hayamos jamás alcanzado. Considero que su puesta en marcha, desarrollo y mantenimiento ha implicado por igual a distintas generaciones y a distintos sectores sociales. Cuando he viajado por el mundo he presumido de mi pasaporte sólo por dos motivos: por nuestro sistema sanitario y por la ley que permite el matrimonio homosexual. Me irrita profundamente que el primero no sea el objeto fundamental de un, por otro lado poco deseable, orgullo patrio. Propondría cambiar el escudo de las cadenas y la flor de lis por el logotipo del Insalud. Más allá de la exageración, creo que una sociedad inteligente debería ser capaz de estar por encima de lo simbólico y reconocer las cosas que realmente tienen un valor específico.

Historia de un fracaso

Podría utilizar un personaje imaginario procedente de Majadahonda, conductor de coches todoterreno y con acento sibilante (osssea), pero no voy a hacerlo. No voy a hacerlo por un motivo: si centramos el debate en la miseria moral del partido gobernante, quedaremos exonerados, otra vez, de nuestra responsabilidad.

La salud no es un bien material que se pueda contabilizar. Recordad la definición de la OMS incluyendo el bienestar psicosocial y espiritual como elementos definitivos del "ser sano". Imaginaos lo complejo que puede llegar a ser definir "la salud de una sociedad". Ni lo intentaré. Pero sí creo que estaríamos todos de acuerdo en que el sistema sanitario es una de las tres o cuatro patas de la silla sobre la que asienta nuestra salud. De los distintos modelos de organización sanitaria, el nuestro era uno de los pocos en el mundo que asumía "la universalidad del derecho a la salud". Y esto se debe a motivos de distinta índole: por un lado a la filantrópica aspiración de tratar a todas las personas independientemente de su raza pasaportual y por otro a la eficacia del propio sistema. Me explico: un sistema al que se accede fácilmente detecta mucho más precozmente las dolencias colectivas que un sistema de guettos. Simplificando que es gerundio, si tratamos a todos los pacientes con tuberculosis precozmente evitamos el contagio de la enfermedad a los contactos. Más demagógicamente: si la sociedad está compuesta por individuos sanos e integrados, habrá menos personas que tengan que infringir las normas para salir adelante.

Innegablemente, el asunto que nos ocupa tiene que ver con intereses del poder económico: la privatización de la salud es el negocio más rentable que existe después de la especulación financiera (mierda al final no he podido evitar hablar de la pasta). Pero no estamos hablando en ningún caso de un "ahorro colectivo" sino de un "pingüe beneficio para unos pocos".

Dicho esto, creo que no estamos ante un problema esencialmente económico; estamos ante un problema de tipo moral. La decisión de privar a un sector de la sociedad (curiosamente el más desfavorecido) del derecho a la salud tiene que ver con un afán por señalar culpables. Necesitamos culpables para toda esta crisis y tanta miseria y, una vez más, los emigrantes son los señalados. De esta forma matamos dos pájaros de un tiro: por un lado "hacemos piña" frente a un enemigo que procura nuestro mal y, por el otro, dejamos de analizar las causas estructurales que nos han abocado a este fracaso. Esta actitud es prácticamente un automatismo que nace del profundamente arraigado sentimiento de superioridad que casi siempre ha dirigido las acciones de los gobernantes españoles: "soy mejor que tú por el mero hecho de ser español". Consumo interno, casquería para la inculta reata.

Para demostrar que estamos frente a un problema de voluntad política pondré un ejemplo, una vez más ventajista. El gobierno prevé ahorrar 500 millones de euros con esta medida. La deuda de los equipos de fútbol de primera división con hacienda es de 752 millones de euros. Si el gobierno obligara a esos equipo, por poner un ejemplo, a pagar su deuda no tendría que haber tomado esta medida. Ahora, pensad conmigo ¿es inimaginable que el gobierno obligue a los clubes de fútbol a pagar su deuda? No parece tan complicado. Pero no hay voluntad por lo que lo que era un problema económico se convierte en un problema político que, coaligado con la retirada de la atención sanitaria a los inmigrantes, se convierte en un problema moral.  

Todo lo escrito hasta ahora es, en mi opinión, bastante verosímil, pero todavía hay más. Siendo infinitamente egoístas, diría que el debate a nivel político y colectivo no debería tener que ver con la solidaridad o el humanitarismo, no. Debería tener que ver con nuestra salud en los próximos años. Nos están empezando a negar el derecho a la salud [Primero vinieron a buscar a los comunistas...]. Delante de nuestros propios ojos, aquí, hoy, ahora, en este preciso instante en que parpadeamos... Esta decisión quiebra por completo la validez del modelo y autoriza el "sálvese quien pueda" ¡Este es el verdadero reto que tenemos delante! Cómo queremos que sea nuestra sociedad en las próximas décadas.

La estupidez


Mañana será un día triste. Pero en lugar de llorar la pérdida de nuestros derechos, una considerable proporción de la ciudadanía conversaremos en los bares y nos complaceremos por el nuevo rumbo que hemos tomado. Los representantes se vanagloriarán de las decisiones tomadas y, aunque María luego me acuse de noventayochista, una vez más nos habremos superado en la competición por ver quién es el más estúpido de todos. Nosotros, orgullosos de lo banal y desdeñosos de lo fundamental, seremos por segunda vez en nuestra historia campeones del mundo.



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