...me encuentro rodeado de seres humanos especialmente dotados por género para la comunicación verbal y no paro de preguntarme quién sacó aquellas conclusiones porque yo cada vez las escucho más y las entiendo menos.
Sin embargo me "la han dado" de nuevo. Yo soy propenso a hacer las cosas de manera impulsiva y apresurada, intento ser productivo y aprovechar aceleradamente los cinco minutos en los que está hirviendo el guiso, con consecuencias nefastas para el mismo en no pocas ocasiones, así que me he cansado de oir a la mejor acompañante en estos tiempos diciendome "atolondrado".
Yo no me sentía identificado porque me suena a "indeciso", "dubitativo", "lento" adjetivos que no van conmigo ni con las situaciones referidas. Y sin embargo "atolondrado" según la vetusta RAE es simplemente "aquel que procede sin reflexión". Lo cuál , a uno que me vea sin conocerme le puede parecer bien adecuado.
Claro que ese no sabe la cantidad de tiempo al día que me pasó en el metro sin nada que leer....
miércoles, 9 de noviembre de 2011
lunes, 7 de noviembre de 2011
Postadolescencia y sensaciones Pre-Facebook
“Ja ja ja … me he reido mucho, tu mail es muy ingenioso…” pero luego nadie te escribe para decírtelo o para contarte su vida que es lo que tu has hecho y esperabas ser correspondido… luego quizás te digan,con suficiencia, “es que tu NECESITAS escribir”, y en cierto modo será verdad pero desde luego lo que no necesito es escribirte a ti que no me contestas, recibes mis emailes y si los lees lo haces como el que lee un forward de alguien desconocido…
Para no seguir en esa dirección que solo lleva a enfados de mayor o menor envergadura con los que son al fin y al cabo tus amigos pues dejas de escribir esos estúpidos correos, y resulta que sí, tenían razón los cabrones y lo necesitabas …
...porque ahora que ya no lo haces, que no escribes, lo echas de menos.
Para no seguir en esa dirección que solo lleva a enfados de mayor o menor envergadura con los que son al fin y al cabo tus amigos pues dejas de escribir esos estúpidos correos, y resulta que sí, tenían razón los cabrones y lo necesitabas …
...porque ahora que ya no lo haces, que no escribes, lo echas de menos.
domingo, 30 de octubre de 2011
I.- Votar....botado?
no voy a poder votar.... resulta que aún teniendo la residencia oficial y todos los papeles, tenía que confirmar por correo mi intención de votar, y este proceso me fue transmitido también por carta; mi alergía habitual al correo postal que no viene manuscrito y la lista de cosas pendientes por hacer hizo el resto y hasta hoy, cuando el plazo ha vencido largamente...
Quería votar esta vez y me enfada no poder hacerlo pero en la manía de buscarle sentido a las cosas y significados trascendente tiene lógica. Lo que me echó, me botó, varias veces de mi ciudad sigue allí, no ha cambiado en siglos y participar de esa evolución ciudadana que muchos creemos necesaría es para mi personalmente agotador y poco satisfactorio. Alabando el mérito y aplaudiendo a los que sí lo hacen.
Pero uno no puede negar su origen y leo a diario la prensa nacional y local, ¿con qué sentido? ¿Para qué?. Sigo informándome de la actualidad, intentando comprenderla para encontrale salidas, un proyecto que como digo no es el mío...ahora incluso leo más, entre otras cosas porque los kilómetros evitan que me enfade como antes, al no vivir allí ni sufrir en propio lo que veo en internet. ¿Sin vivir allí la sigo aún sintiendo mi ciudad? Probablemente. Y lo mismo me ocurre aquí, es donde vivo pero como no es mi sitio tampoco me amargan las ocasionales anécdotas desagradables inherentes al vivir.
En realidad yo pienso que uno debería leer la prensa local de donde vive, arrastrar su ciudad consigo y no sucumbir a la atracción de sentirse un extraño a donde vaya. No saltarse el peaje de la realidad...
... o compensa pagar el precio a pesar de todo.
Quería votar esta vez y me enfada no poder hacerlo pero en la manía de buscarle sentido a las cosas y significados trascendente tiene lógica. Lo que me echó, me botó, varias veces de mi ciudad sigue allí, no ha cambiado en siglos y participar de esa evolución ciudadana que muchos creemos necesaría es para mi personalmente agotador y poco satisfactorio. Alabando el mérito y aplaudiendo a los que sí lo hacen.
Pero uno no puede negar su origen y leo a diario la prensa nacional y local, ¿con qué sentido? ¿Para qué?. Sigo informándome de la actualidad, intentando comprenderla para encontrale salidas, un proyecto que como digo no es el mío...ahora incluso leo más, entre otras cosas porque los kilómetros evitan que me enfade como antes, al no vivir allí ni sufrir en propio lo que veo en internet. ¿Sin vivir allí la sigo aún sintiendo mi ciudad? Probablemente. Y lo mismo me ocurre aquí, es donde vivo pero como no es mi sitio tampoco me amargan las ocasionales anécdotas desagradables inherentes al vivir.
En realidad yo pienso que uno debería leer la prensa local de donde vive, arrastrar su ciudad consigo y no sucumbir a la atracción de sentirse un extraño a donde vaya. No saltarse el peaje de la realidad...
... o compensa pagar el precio a pesar de todo.
II.- La Ciudad Invisible
Para mí es adictivo este cambiar de sociedades cada temporada, lejos de provocarme inseguridad me parece emocionante, la emoción de lo desconocido tiene mucha potencia y tapa con braniz de novedad la realidad, que esconde las mismas miserias en todos sitos. Te libera además de cierta responsabilidad social que tenemos todos en esa escala local, a medio tamaño entre el vecino de enfrente y la nacionalidad de uno.
Tomaba por tontos, y sin dejar de hacerlo del todo, admiro y envidio ahora a aquellos que se mantuvieron en el lugar,geográfico o emocional.
Ese aficionado del Levante, equipo "pobre" de Valencia, que siempre fue del Levante, cuyo padre era del Levante e iba todo los domingos a ver jugar al Levante, en segunda o en tercera... ¡que estupidez! y a la vez que satisfecho estará estos días, podrá mostrar un (¿estúpido?) orgullo o una alegría para mi vetados.
[Cuando escuchaba aquel programa de Radio3, "La Ciudad Invisible" siempre tuve clara mi respuesta a lo que cada invitado describía como su ciudad ideal (...sin coches, con muchos teatros sin mar o en la montaña...). La mía, mi ciudad ideal es aquella desconocida, la que al llegar a la esquina va a sorpenderme al girar porque nunca he andado por esta calle.]
Me intento justificar pensando que aquellos que no cambiaron de barrio ni de equipo no tuvieron más remedio, y si ahora encuentran la alegría la tienen merecida por los malos tiempos anteriores, y que en cualquier caso serán minoría con respecto a todos los demás que no tuvieron suerte y siguieron años y años apoyando al equipo perdedor...
Ese es de nuevo el punto de vista externo, del observador desapegado y analítico del que olvida que uno puede modificar su realidad además de escaparse cambiando de escenario.
Olvidemos la comparación barata con el fútbol. Tenemos un ejemplo dramático y magnífico. Felicidades a todos los que se quedaron contra el miedo en el Pais Vasco, sobre todo porque pudieron irse y no quisieron.
Tomaba por tontos, y sin dejar de hacerlo del todo, admiro y envidio ahora a aquellos que se mantuvieron en el lugar,geográfico o emocional.
Ese aficionado del Levante, equipo "pobre" de Valencia, que siempre fue del Levante, cuyo padre era del Levante e iba todo los domingos a ver jugar al Levante, en segunda o en tercera... ¡que estupidez! y a la vez que satisfecho estará estos días, podrá mostrar un (¿estúpido?) orgullo o una alegría para mi vetados.
[Cuando escuchaba aquel programa de Radio3, "La Ciudad Invisible" siempre tuve clara mi respuesta a lo que cada invitado describía como su ciudad ideal (...sin coches, con muchos teatros sin mar o en la montaña...). La mía, mi ciudad ideal es aquella desconocida, la que al llegar a la esquina va a sorpenderme al girar porque nunca he andado por esta calle.]
Me intento justificar pensando que aquellos que no cambiaron de barrio ni de equipo no tuvieron más remedio, y si ahora encuentran la alegría la tienen merecida por los malos tiempos anteriores, y que en cualquier caso serán minoría con respecto a todos los demás que no tuvieron suerte y siguieron años y años apoyando al equipo perdedor...
Ese es de nuevo el punto de vista externo, del observador desapegado y analítico del que olvida que uno puede modificar su realidad además de escaparse cambiando de escenario.
Olvidemos la comparación barata con el fútbol. Tenemos un ejemplo dramático y magnífico. Felicidades a todos los que se quedaron contra el miedo en el Pais Vasco, sobre todo porque pudieron irse y no quisieron.
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Fantasio luego existo
lunes, 25 de abril de 2011
[La saeta] Presentación.
Soy punta de flecha consciente, sensible.
Tengo cinco sentidos pero sólo me fue permitido usar uno de ellos. El resto los tengo que evocar a partir de las imágenes; por eso digo que veo olores.
Me lanzaron un mediodía cálido de forma poco comprensible. Aunque en mi defensa también podría decir que a los que nos gusta sentir el viento en la cara y en la mirada siempre nos toca dar explicaciones.
No podemos descartar que mi lanzamiento se debiera al miedo como casi todo lo que hacemos y todo lo que dejamos de hacer.
Cualquier hombre de éxito de los de ahora podrá afirmar que mi trayectoria fue errática pero yo sé que cuando se viaja las rectas no existen más que en nuestra impaciencia.
Hice presa desde el primer segundo pero no la terminé de traspasar hasta el último y, cuando finalmente lo hice, no dejé ninguna cicatriz.
Tengo cinco sentidos pero sólo me fue permitido usar uno de ellos. El resto los tengo que evocar a partir de las imágenes; por eso digo que veo olores.
Me lanzaron un mediodía cálido de forma poco comprensible. Aunque en mi defensa también podría decir que a los que nos gusta sentir el viento en la cara y en la mirada siempre nos toca dar explicaciones.
No podemos descartar que mi lanzamiento se debiera al miedo como casi todo lo que hacemos y todo lo que dejamos de hacer.
Cualquier hombre de éxito de los de ahora podrá afirmar que mi trayectoria fue errática pero yo sé que cuando se viaja las rectas no existen más que en nuestra impaciencia.
Hice presa desde el primer segundo pero no la terminé de traspasar hasta el último y, cuando finalmente lo hice, no dejé ninguna cicatriz.
[La saeta] Billete de ida y vuelta destino equinocio.
Parto de la primavera inapelable. Asisto a la vida hecha de estallidos. Sin embargo, en la medida en que desaparecen los rastros de la ciudad, se impone el tono más sosegado del campo. Extramuros, la primavera se impone calladamente mostrándose húmeda, lozana y amable en el fresco verde de la vega.
Al frente, la sierra que no lo es se empina hacia la planicie robándole grados al termómetro y refulgencia a la hierba y la primavera se convierte en primaverilla que juega entre olivos y encinares.
De repente una invisible línea ejerce de frontera retroactiva entre las estaciones. En el lienzo acristalado de líneas horizontales sobrevive todavía un protoinvierno tenaz, aun en el inevitable porvenir de las cíclicas derrotas.
Avanzo, no cambia el paisaje pero sí la luz; seguimos retrocediendo en el calendario, hasta llegar a un paisaje sin estaciones, a un escenario de faz inmutable igual de inhóspito bajo el auspicio de la helada que ante el hornillo del estío mesetario. Mientras observo la nada, me tranquilizo pensando que afortunadamente el mundo es redondo y que al final la tierra siempre retoma el pulso de la vida. Basta con unas tímidas pinceladas de calor improntadas en el cielo azul para comprobarlo, si bien, súbitamente, vuelven a expirar acosadas por la estampa de un crudo invierno que se despliega ostentosamente sobre páramos poblados por fantasmas; sensación de frío total, corazón de invierno irredento que mira desdeñoso cómo el sol cambia cada día su inclinación.
Redonda, es redonda.
Poco más allá se despereza de nuevo la tierra con apuntes primaverales cobijados en los huraños valles de las sierras pedregosas. A continuación cruzamos una franja de indefinición estacionaria hasta sufrir la conmoción del desierto. Mas, es este, al contrario del descrito previamente, un desierto vivo, almado, irrigado por una especie de de savia invisible que permite presagiar que en cualquier momento la primavera eclosione, aunque sólo alcance a hacerlo como un suspiro, como un sueño que no encuentra explicación científica.
Más. La tierra sigue un plano inclinado; vamos tierra a favor. Abandonamos la aspereza del clima estancado en dirección a la eterna primavera de los lares azules. Notamos las caricias cada vez más cálidas de una primavera juiciosa, cumplidora y enriquecedora que se exhibe primorosa en el horizonte florido. Todavía nos quedará un último exabrupto en nuestro camino: la niebla, eterna mutiladora de matices, se recuesta sobre los últimos montes que resguardan el definitivo valle que nos transportará al lugar de donde partimos. Es éste un valle donde pacen los alféreces del otoño, los únicos que duermen el sueño de la primavera, despiertan durante el estío y se muestran durante el otoño. Ya sólo queda enfilar la pendiente hacia la tierra sin altura, hasta topar con el cielo invertido y ondulado. Y ver como lo surca una eterna y jovial primavera que nunca se cansa de jugar a que es una moza risueña.
Al frente, la sierra que no lo es se empina hacia la planicie robándole grados al termómetro y refulgencia a la hierba y la primavera se convierte en primaverilla que juega entre olivos y encinares.
De repente una invisible línea ejerce de frontera retroactiva entre las estaciones. En el lienzo acristalado de líneas horizontales sobrevive todavía un protoinvierno tenaz, aun en el inevitable porvenir de las cíclicas derrotas.
Avanzo, no cambia el paisaje pero sí la luz; seguimos retrocediendo en el calendario, hasta llegar a un paisaje sin estaciones, a un escenario de faz inmutable igual de inhóspito bajo el auspicio de la helada que ante el hornillo del estío mesetario. Mientras observo la nada, me tranquilizo pensando que afortunadamente el mundo es redondo y que al final la tierra siempre retoma el pulso de la vida. Basta con unas tímidas pinceladas de calor improntadas en el cielo azul para comprobarlo, si bien, súbitamente, vuelven a expirar acosadas por la estampa de un crudo invierno que se despliega ostentosamente sobre páramos poblados por fantasmas; sensación de frío total, corazón de invierno irredento que mira desdeñoso cómo el sol cambia cada día su inclinación.
Redonda, es redonda.
Poco más allá se despereza de nuevo la tierra con apuntes primaverales cobijados en los huraños valles de las sierras pedregosas. A continuación cruzamos una franja de indefinición estacionaria hasta sufrir la conmoción del desierto. Mas, es este, al contrario del descrito previamente, un desierto vivo, almado, irrigado por una especie de de savia invisible que permite presagiar que en cualquier momento la primavera eclosione, aunque sólo alcance a hacerlo como un suspiro, como un sueño que no encuentra explicación científica.
Más. La tierra sigue un plano inclinado; vamos tierra a favor. Abandonamos la aspereza del clima estancado en dirección a la eterna primavera de los lares azules. Notamos las caricias cada vez más cálidas de una primavera juiciosa, cumplidora y enriquecedora que se exhibe primorosa en el horizonte florido. Todavía nos quedará un último exabrupto en nuestro camino: la niebla, eterna mutiladora de matices, se recuesta sobre los últimos montes que resguardan el definitivo valle que nos transportará al lugar de donde partimos. Es éste un valle donde pacen los alféreces del otoño, los únicos que duermen el sueño de la primavera, despiertan durante el estío y se muestran durante el otoño. Ya sólo queda enfilar la pendiente hacia la tierra sin altura, hasta topar con el cielo invertido y ondulado. Y ver como lo surca una eterna y jovial primavera que nunca se cansa de jugar a que es una moza risueña.
[La saeta] Paleta con forma de piel de toro extendida.
Verde, verde vida pugnando con el límpido añil del cielo. Verde enraizado en la tierra generosa cubriéndola con su tupido manto. Sí, verde, continúo siendo verde, aunque cada vez soy más recatado. He pasado del verde hierba al verde hoja. Y en esa degradación constante sigo hasta explayarme sobre el pobre lecho manchado que este año ha sido felizmente agasajado por lluvias generosas. Conforme progreso me voy sucesivamente atornasolando, entreverando y, finalmente, difuminando hasta convertirme en un parco punteado en el que apenas la vega alcanza a dibujar una culebra de clorofila a modo de despedida.
Gris, gris recalcitrante, hiriente, vasto gris hecho llanura que apenas queda quebrantada por otro gris vertical, anecdótico en la distancia, que lucha por ser el símbolo de un tiempo. Afortunadamente este abismo de ausencia se acaba con la aparición de decenas de tetas truncadas, cerros modestos que rompen la monotonía del gris y se visten con punteados púrpuras y verdes prefabricados que, aunque en otras ocasiones serían falsarios, ahora se agradecen.
Tras un parpadeo, de nuevo el colorido se impone aunque de forma más dispar con un salpicón de colores alegres: amarillos, rojos, morados que pastan en la tierra azafranada por el atardecer.
¡Y de nuevo el gris! Pero este gris es menos impertinente, es un gris que espera algo, que siembra de esperanza el paisaje. Además, al fondo una hilera de blanca nieve anuncia caudal. Poco a poco el gris se va perlando con otro blanco más amable, cercano, que emana un aroma de vida que hasta se puede oler con los ojos. Poco dura la reconfortante bocanada pues, de forma abrupta, el negro se cierne sobre nosotros como un telón tirano que nos impide paladear los colores que jalonan al gran río. Tras ese vacío, vuelve la luz y el color. O mejor dicho, vuelve el color de la luz que es lo único que se percibe en el nuevo paraje inhabitado que nos contempla. Se ve la luz haciendo remolinos en las cárcavas y elevándose al centro del cielo. Se ve así durante un instante como cada uno de los escenarios de este relato, porque pronto, esa briosa luz se remansa hasta ocupar los anchos valles excitando a las ánimas que los pueblan hasta trazar brochazos interminables de fucsia que se pierden en las lejanas montañas.
Luego, tras el blanco grisáceo del muro de agua, vuelve el verde afilado que trepa retorciéndose por las laderas debido al cosquilleo travieso del amarillo. Al fondo, siguiendo las ramblas, el azul ya deja de pertenecer al cielo. Mas antes, en un último recodo, el camino nos introduce en un valle de color piedra caliza en el que la tierra, las casas y las personas comparten tonalidad.
Y por fin ¡El azul! Azul arriba, azul abajo y azul en medio, convertido una vez más en el destino final de los viajeros.
Gris, gris recalcitrante, hiriente, vasto gris hecho llanura que apenas queda quebrantada por otro gris vertical, anecdótico en la distancia, que lucha por ser el símbolo de un tiempo. Afortunadamente este abismo de ausencia se acaba con la aparición de decenas de tetas truncadas, cerros modestos que rompen la monotonía del gris y se visten con punteados púrpuras y verdes prefabricados que, aunque en otras ocasiones serían falsarios, ahora se agradecen.
Tras un parpadeo, de nuevo el colorido se impone aunque de forma más dispar con un salpicón de colores alegres: amarillos, rojos, morados que pastan en la tierra azafranada por el atardecer.
¡Y de nuevo el gris! Pero este gris es menos impertinente, es un gris que espera algo, que siembra de esperanza el paisaje. Además, al fondo una hilera de blanca nieve anuncia caudal. Poco a poco el gris se va perlando con otro blanco más amable, cercano, que emana un aroma de vida que hasta se puede oler con los ojos. Poco dura la reconfortante bocanada pues, de forma abrupta, el negro se cierne sobre nosotros como un telón tirano que nos impide paladear los colores que jalonan al gran río. Tras ese vacío, vuelve la luz y el color. O mejor dicho, vuelve el color de la luz que es lo único que se percibe en el nuevo paraje inhabitado que nos contempla. Se ve la luz haciendo remolinos en las cárcavas y elevándose al centro del cielo. Se ve así durante un instante como cada uno de los escenarios de este relato, porque pronto, esa briosa luz se remansa hasta ocupar los anchos valles excitando a las ánimas que los pueblan hasta trazar brochazos interminables de fucsia que se pierden en las lejanas montañas.
Luego, tras el blanco grisáceo del muro de agua, vuelve el verde afilado que trepa retorciéndose por las laderas debido al cosquilleo travieso del amarillo. Al fondo, siguiendo las ramblas, el azul ya deja de pertenecer al cielo. Mas antes, en un último recodo, el camino nos introduce en un valle de color piedra caliza en el que la tierra, las casas y las personas comparten tonalidad.
Y por fin ¡El azul! Azul arriba, azul abajo y azul en medio, convertido una vez más en el destino final de los viajeros.
[La saeta] Un millón de árboles no siempre hacen un bosque.
Naranjos, miles de naranjos alineados y un limonero solitario sin patio pero con terraza abierta al cielo. Dejamos atrás el orden vertical de las cosas y nos adentramos en un tapiz hecho de retales de terrenos sembrados con cereal que dibujan al extenderse por la tierra un extraño conjunto desproporcionado de mantos y arabescos.
Pasado un segundo oasis de naranjos, comienzan las encinas ni altas ni bajas ni grandes ni pequeñas transmitiendo la sensación de estar completamente hechas a la tierra amable que les da suelo. Tan es así que ni siquiera parecen aspirar a alcanzar gran altura ni gran envergadura. Parece como esas personas que han encontrado su lugar en el mundo y no conocen el conflicto. Entre ellas, puntualmente, algunas hileras de olivos se plantan como un ejército perfectamente aleccionado, por no decir reprimido. Quizás por eso, su suelo es más yermo, menos espléndido, como si su sombra envarada oprimiera a la tierra.
Pasado el monte, las encinas se van dispersando y en su soledad parecen tener más tiempo para contemplarse en el espejo de las tablas. Sus copas están acicaladas, persiguen una redondez casi áurea y su verde es más altanero. Siguiendo el gradiente decreciente de humedad se va extinguiendo la dehesa hasta devenir en estepa. Desnudez esteparia sólo conculcada por sendas hileras de álamos cubiertos con su traje de brotes verdes. Luego de nuevo las encinas ¡pero qué diferentes! Estas son chaparras, algunas no pasan de arbustos y están cercadas por piedras y áspera tierra conformando páramos autistas con reminiscencias de la posguerra que todos llevamos en el subconsciente. La desolación alcanza su cúspide en la tiniebla nítida de los robledales deshojados arrasados por el invierno. Es curioso como a veces un desierto puede transmitir más vitalidad que el esqueleto de un bosque. Finalmente un nuevo verde de pinos con aspecto de buenos mozos vuelve a apoderarse de la ventana y nos devuelve la frustración de sólo ser videntes y no poder oler.
Tras esta secuencia de estampas sin rastro de civilización, un nuevo protagonista aparece para devolvernos a la familiaridad de las tierras habitadas: pequeños terrenos con almendros en flor ponen contraste a la aridez reinante ¡Ese ha sido siempre el papel de los almendros! Retar al invierno con la insolencia de sus flores prematuras ¡previas incluso a las hojas!
Y persiguiendo a un Boreas ya fugitivo, hendimos el último desierto hasta deleitarnos con los campos de ciruelos floreados desparramando su ilógico fucsia por una tierra acostumbrada a vestir tonos pardos y grises, como demostración del triunfo de lo vivo sobre la rutina ¡Revolución cromática! ¡Frugal pero indeleble como todas las revoluciones!
Y ya apurando los kilómetros, nuevos pinos con alma marinera y un inesperado último hallazgo de viñedos latentes pero con una gran presencia en el paisaje; ya se sabe, donde hay viñas sólo hay vino y todas las vidas giran en torno a él. Pocos seres vivos tienen tanto ascendente sobre los humanos.
Llegamos, es decir, recapitulo: cereal, olivo, vid –mítica trilogía- arraigados en una urdimbre sostenida de encinas, pinos y desiertos, contrapunteados por los colores irisados y evanescentes de los frutales ¿Cabe duda de dónde estamos?
Pasado un segundo oasis de naranjos, comienzan las encinas ni altas ni bajas ni grandes ni pequeñas transmitiendo la sensación de estar completamente hechas a la tierra amable que les da suelo. Tan es así que ni siquiera parecen aspirar a alcanzar gran altura ni gran envergadura. Parece como esas personas que han encontrado su lugar en el mundo y no conocen el conflicto. Entre ellas, puntualmente, algunas hileras de olivos se plantan como un ejército perfectamente aleccionado, por no decir reprimido. Quizás por eso, su suelo es más yermo, menos espléndido, como si su sombra envarada oprimiera a la tierra.
Pasado el monte, las encinas se van dispersando y en su soledad parecen tener más tiempo para contemplarse en el espejo de las tablas. Sus copas están acicaladas, persiguen una redondez casi áurea y su verde es más altanero. Siguiendo el gradiente decreciente de humedad se va extinguiendo la dehesa hasta devenir en estepa. Desnudez esteparia sólo conculcada por sendas hileras de álamos cubiertos con su traje de brotes verdes. Luego de nuevo las encinas ¡pero qué diferentes! Estas son chaparras, algunas no pasan de arbustos y están cercadas por piedras y áspera tierra conformando páramos autistas con reminiscencias de la posguerra que todos llevamos en el subconsciente. La desolación alcanza su cúspide en la tiniebla nítida de los robledales deshojados arrasados por el invierno. Es curioso como a veces un desierto puede transmitir más vitalidad que el esqueleto de un bosque. Finalmente un nuevo verde de pinos con aspecto de buenos mozos vuelve a apoderarse de la ventana y nos devuelve la frustración de sólo ser videntes y no poder oler.
Tras esta secuencia de estampas sin rastro de civilización, un nuevo protagonista aparece para devolvernos a la familiaridad de las tierras habitadas: pequeños terrenos con almendros en flor ponen contraste a la aridez reinante ¡Ese ha sido siempre el papel de los almendros! Retar al invierno con la insolencia de sus flores prematuras ¡previas incluso a las hojas!
Y persiguiendo a un Boreas ya fugitivo, hendimos el último desierto hasta deleitarnos con los campos de ciruelos floreados desparramando su ilógico fucsia por una tierra acostumbrada a vestir tonos pardos y grises, como demostración del triunfo de lo vivo sobre la rutina ¡Revolución cromática! ¡Frugal pero indeleble como todas las revoluciones!
Y ya apurando los kilómetros, nuevos pinos con alma marinera y un inesperado último hallazgo de viñedos latentes pero con una gran presencia en el paisaje; ya se sabe, donde hay viñas sólo hay vino y todas las vidas giran en torno a él. Pocos seres vivos tienen tanto ascendente sobre los humanos.
Llegamos, es decir, recapitulo: cereal, olivo, vid –mítica trilogía- arraigados en una urdimbre sostenida de encinas, pinos y desiertos, contrapunteados por los colores irisados y evanescentes de los frutales ¿Cabe duda de dónde estamos?
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