De little Portugal a Cabbagetown. De Koreatown a Greektown. De Gerrard India Bazar al barrio de Roncesvalles donde asienta Little Poland. De Little Italy a Chinatown east. ¡Viva la multiculturalidad! Que viva sí pero...
- Si en Little Greek todos fueran multiculturales no habría restaurantes griegos. O los habría en igual número que los restaurantes eritreos.
- Si en Little Portugal todos fueran multiculturales, las señoras no vestirían traje de paño negro y mi pescadero de cabecera cambiaría el negocio por un bar de deportes.
- Si en Koreatown todos fueran multiculturales se impondría el alfabeto latino para que todos entendieran todo.
La multiculturalidad es asimétrica. Es la consecuencia de una convergencia entre dos grupos de personas: los desarraigados con dinero y los arraigados -en este caso- lejos de su patria. Sólo el esfuerzo de conservación de la entidad colectiva de los segundos permite mantener la atmósfera propia de su cultura. Solo su empecinamiento en no ser multiculturales permite que emerja el concepto de multiculturalidad. Los que viajamos sin creencias, sin folklores, sin miserias seculares en la mochila disfrutamos del mosaico de realidades, abrazamos la fe de la multiculturalidad y al miso tiempo la socavamos con nuestra ausencia de compromiso.
Lo pienso, lo repienso y no encuentro la solución a esta ecuación "Cuanto más multiculturales seamos, menos multiculturales seremos"
jueves, 17 de noviembre de 2011
miércoles, 16 de noviembre de 2011
La familia
Entró con un portazo como solía hacer. Se aseguró de sostener la puerta para que no vibrara y provocar un sonido seco y quedo que dejara bien a las claras quien mandaba. Dudo de sí mismo ¿me estaré haciendo viejo? Ciertamente llevaba un tiempo arrastrando la mirada por el presente en busca de señales. De poco habían servido los nuevos aires que le insufló el cambio de aspecto; los viejos temores siempre emergían como una realidad externa, incontrolable, salmodiada por voces tenebrosas y rudimentarias. Recordaba con nostalgia los tiempos en que ganaban batallas sólo con un gesto de desaprobación.
En la mesa del comedor esperaba todos los miembros de su familia. Su mujer, quizás su única y última aliada, siempre agradecida con la vida que le había regalado, le besó con frialdad. Incluso su relación de tantos años estaba siendo sacudida por los problemas. Sabían que no podían decirse las verdades, sabían que la debilidad sería la antesala de su decadencia o quizás sabían ya que la decadencia se retorcía perezosa en sus rostros y que lo único que les quedaba era disimular.
- Señor, bendice estos alimentos...
No había sino empezado y en la mesa los dos hijos mayores ya estaban comiendo con insolente ensimismamiento los trozos de pollo del cocido.
- Por favor, comportaos -rogó la madre.
- Sí, comportaos -repitió la abuela.
La abuela siempre permanecía sentada en la misma silla. Pasaba las tardes tejiendo ropas de aspecto trasnochado mitad hechas de lana mitad de recuerdo. Añoraba aquellos tiempos no tan lejanos en que sus nietos y su hijo le preguntaban por su infancia. Era cuando todavía la admiraban; cuando su belleza todavía encerraba el discurso de lo vivo. Era como una esfinge dulcemente modelada por los años -quizás por los siglos- de la que salían palabras garbosas, barnizadas de empaque y calidez. Sentía que atesoraba la certeza del conocimiento, la solidez de la experiencia y el cariño del que ve prosperar a su prole. Lamentablemente con los nietos fue perdiendo la complicidad hasta darlos por imposibles. Hablaban de cosas raras, miraban al pasado con desprecio, comían en la mesa con la prepotencia de los jóvenes que no han conocido la guerra.
- Mañana no vengo a comer -dijo el primogénito- Tengo que trabajar en mis cosas.
- Hijo, si fuera cualquier otro día lo admitiría, pero sabes que mañana es el día. Ya lo habíamos consensuado -habló severo el padre.
- No me importa. Yo sé lo que debo hacer.
- Déjalo -intervino la madre- Que haga lo que quiera. Necesitamos su ayuda para mantener la casa.
- Bueno, tú puedes faltar pero tu hermano no.
El hermano pequeño apenas levantó los ojos del plato. No necesitaba ver una vez más a su padre caído, el otrora fénix, devenido en un guiñapo. Sabía por experiencia que el camino ya estaba alisado y que si callaba podría aprovechar la estela de su hermano para saltar de la órbita paterna. No tenía prisa. En casa se estaba bien, se comía caliente y no se preguntaba por el futuro.
Tras el primer plato, el padre se decidió a hablar. Sabía que con el estómago caliente sería más difícil que los ánimos se encendieran. Le pidió a la sirvienta que quitará los platos usados.
La sirvienta iba, venía y así llevaba haciendo desde que compraron la casa. Mujer generosa en las curvas y enigmática en las rectas, siempre había cumplido a la perfección su trabajo: no protestar. Pero la sumisión de las manos no siempre conlleva la sumisión de la mirada. Supo gestionar el tiempo como sólo su raza sabe hacer hasta detectar como la adolescencia despuntaba en el cuerpo del primogénito. Encuentros fortuitos en los pasillos, la puerta de su dormitorio celosamente entreabierta y un vaivén que no hace falta describir la pusieron en el trampolín del éxito. "Mi momento está cerca" pensaba, mientras día tras día ponía una cucharada de más en el plato correcto.
- Sabéis todos cómo están las cosas -el ruido de los tenedores sobre los platos le hacían los coros- Necesitamos cooperación entre todos.
- Sí -apostilló ella siempre tan atenta a detectar dónde podía incluir su mensaje- Estamos en riesgo, no nos podemos fiar de él. Siempre me mira con sed de venganza.
El vecino era tan orgulloso o más que ellos. Tras unos primeros años de convivencia pacífica, comenzaron los conflictos por el arriate que dividía sus casas. Él tenía un recoleto huerto de hortalizas que cuidaba con esmero. Obtenía escaso rendimiento pero en el brillo de cada pimiento, en el jugo de cada melón paladeaba el sabor de la tierra y el tiempo. No tuvo culpa de que una filtración de una obra de asfalto emponzoñara el terreno de sus vecinos. No tuvo la culpa de que ella decidiera que sus hortensias no podían morir envenenadas. No tuvo la culpa de que no hubiera otro lugar adonde trasplantarlas. No tuvo la culpa de nada, por eso desarrollo la ira de todo. Y así, día tras día, desmontaron el bulo de que el roce hace el cariño increpándose primero con la voz y luego con la mano alzada. Con ella, con él, con la abuela, con el hermano de ella, con todos porfió menos con los hijos...los hijos no sabían ni querían saber nada de hortensias ni de otras reliquias...
- Llama al tío -espetó el más pequeño.
- Con el tío no se puede contar. Lo más que hace entre chupito y chupito es tocarse.
El tío compitió por las bellezas del momento en los años de juventud. Tuvo sus éxitos, no vamos a negarlo, pero no fue capaz de disfrutarlos. La envidia hacia su cuñado lo mantuvo al acecho incluso cuando ya no había mujeres en liza y asumió su propia derrota. El tío sólo entendía de cirrosis y de recuerdos. Todavía conservaba su puño de hierro, pero entre todos aceptaron que sólo lo utilizara para dar puñetazos en la mesa en alguna de sus borracheras.
- Sí, el tío mejor ni tocarlo. Es a vosotros a quien necesito.
- Yo tengo una idea -apuntó la abuela-
Como quien oye al silencio continuó el padre hablando.
- Necesito que me apoyéis. Sabéis que...
- Sabéis que es el mal. Sabéis que quiere matarme -interrumpió la madre.
Con una mirada pesada le hizo callar.
- ...sabéis que las cosas no están tan mal, que soy qien soy y que puedo lo que quiero, pero me gustaría contar con vosotros, con vuestras manos, con vuestra fuerza.
- Mira Papá yo te puedo prestar si quieres pero no me pidas que me implique en las batallas de tu viejo mundo -sentenció mientras escudriñaba el movimiento de las caderas de la sirvienta que fregaba platos al ritmo de sus pensamientos musicales.
- Es un loco, no atiende a razones...
- Me duele la cadera.
Mientras el pequeño dibujaba cuadros abstractos con los restos de azucar coloreada por el café.
¡Cuánto me has dado por tan poco, negra!
- Siempre nos fue bien así.
¡Otro chupito qué invito yo!
- He trabajado duro para vosotros.
¿Estarán sordos?¿Seré muda?¿Serán las dos cosas?
- Si no me ayudáis tendré que defenderme yo misma.
¡Ay, mi huerto, mi huerto!
- Me marcho.
- ¡Me muero!
-¡Silencio!
¡Venganza!
¡Futuro!
¡Desmadre!
¡Paciencia!
¡Orgullo!
¡Poder!
¡Decrepitud!
- Pero, por dios, ¡no os dais cuenta de que somos una familia!
En la mesa del comedor esperaba todos los miembros de su familia. Su mujer, quizás su única y última aliada, siempre agradecida con la vida que le había regalado, le besó con frialdad. Incluso su relación de tantos años estaba siendo sacudida por los problemas. Sabían que no podían decirse las verdades, sabían que la debilidad sería la antesala de su decadencia o quizás sabían ya que la decadencia se retorcía perezosa en sus rostros y que lo único que les quedaba era disimular.
- Señor, bendice estos alimentos...
No había sino empezado y en la mesa los dos hijos mayores ya estaban comiendo con insolente ensimismamiento los trozos de pollo del cocido.
- Por favor, comportaos -rogó la madre.
- Sí, comportaos -repitió la abuela.
La abuela siempre permanecía sentada en la misma silla. Pasaba las tardes tejiendo ropas de aspecto trasnochado mitad hechas de lana mitad de recuerdo. Añoraba aquellos tiempos no tan lejanos en que sus nietos y su hijo le preguntaban por su infancia. Era cuando todavía la admiraban; cuando su belleza todavía encerraba el discurso de lo vivo. Era como una esfinge dulcemente modelada por los años -quizás por los siglos- de la que salían palabras garbosas, barnizadas de empaque y calidez. Sentía que atesoraba la certeza del conocimiento, la solidez de la experiencia y el cariño del que ve prosperar a su prole. Lamentablemente con los nietos fue perdiendo la complicidad hasta darlos por imposibles. Hablaban de cosas raras, miraban al pasado con desprecio, comían en la mesa con la prepotencia de los jóvenes que no han conocido la guerra.
- Mañana no vengo a comer -dijo el primogénito- Tengo que trabajar en mis cosas.
- Hijo, si fuera cualquier otro día lo admitiría, pero sabes que mañana es el día. Ya lo habíamos consensuado -habló severo el padre.
- No me importa. Yo sé lo que debo hacer.
- Déjalo -intervino la madre- Que haga lo que quiera. Necesitamos su ayuda para mantener la casa.
- Bueno, tú puedes faltar pero tu hermano no.
El hermano pequeño apenas levantó los ojos del plato. No necesitaba ver una vez más a su padre caído, el otrora fénix, devenido en un guiñapo. Sabía por experiencia que el camino ya estaba alisado y que si callaba podría aprovechar la estela de su hermano para saltar de la órbita paterna. No tenía prisa. En casa se estaba bien, se comía caliente y no se preguntaba por el futuro.
Tras el primer plato, el padre se decidió a hablar. Sabía que con el estómago caliente sería más difícil que los ánimos se encendieran. Le pidió a la sirvienta que quitará los platos usados.
La sirvienta iba, venía y así llevaba haciendo desde que compraron la casa. Mujer generosa en las curvas y enigmática en las rectas, siempre había cumplido a la perfección su trabajo: no protestar. Pero la sumisión de las manos no siempre conlleva la sumisión de la mirada. Supo gestionar el tiempo como sólo su raza sabe hacer hasta detectar como la adolescencia despuntaba en el cuerpo del primogénito. Encuentros fortuitos en los pasillos, la puerta de su dormitorio celosamente entreabierta y un vaivén que no hace falta describir la pusieron en el trampolín del éxito. "Mi momento está cerca" pensaba, mientras día tras día ponía una cucharada de más en el plato correcto.
- Sabéis todos cómo están las cosas -el ruido de los tenedores sobre los platos le hacían los coros- Necesitamos cooperación entre todos.
- Sí -apostilló ella siempre tan atenta a detectar dónde podía incluir su mensaje- Estamos en riesgo, no nos podemos fiar de él. Siempre me mira con sed de venganza.
El vecino era tan orgulloso o más que ellos. Tras unos primeros años de convivencia pacífica, comenzaron los conflictos por el arriate que dividía sus casas. Él tenía un recoleto huerto de hortalizas que cuidaba con esmero. Obtenía escaso rendimiento pero en el brillo de cada pimiento, en el jugo de cada melón paladeaba el sabor de la tierra y el tiempo. No tuvo culpa de que una filtración de una obra de asfalto emponzoñara el terreno de sus vecinos. No tuvo la culpa de que ella decidiera que sus hortensias no podían morir envenenadas. No tuvo la culpa de que no hubiera otro lugar adonde trasplantarlas. No tuvo la culpa de nada, por eso desarrollo la ira de todo. Y así, día tras día, desmontaron el bulo de que el roce hace el cariño increpándose primero con la voz y luego con la mano alzada. Con ella, con él, con la abuela, con el hermano de ella, con todos porfió menos con los hijos...los hijos no sabían ni querían saber nada de hortensias ni de otras reliquias...
- Llama al tío -espetó el más pequeño.
- Con el tío no se puede contar. Lo más que hace entre chupito y chupito es tocarse.
El tío compitió por las bellezas del momento en los años de juventud. Tuvo sus éxitos, no vamos a negarlo, pero no fue capaz de disfrutarlos. La envidia hacia su cuñado lo mantuvo al acecho incluso cuando ya no había mujeres en liza y asumió su propia derrota. El tío sólo entendía de cirrosis y de recuerdos. Todavía conservaba su puño de hierro, pero entre todos aceptaron que sólo lo utilizara para dar puñetazos en la mesa en alguna de sus borracheras.
- Sí, el tío mejor ni tocarlo. Es a vosotros a quien necesito.
- Yo tengo una idea -apuntó la abuela-
Como quien oye al silencio continuó el padre hablando.
- Necesito que me apoyéis. Sabéis que...
- Sabéis que es el mal. Sabéis que quiere matarme -interrumpió la madre.
Con una mirada pesada le hizo callar.
- ...sabéis que las cosas no están tan mal, que soy qien soy y que puedo lo que quiero, pero me gustaría contar con vosotros, con vuestras manos, con vuestra fuerza.
- Mira Papá yo te puedo prestar si quieres pero no me pidas que me implique en las batallas de tu viejo mundo -sentenció mientras escudriñaba el movimiento de las caderas de la sirvienta que fregaba platos al ritmo de sus pensamientos musicales.
- Es un loco, no atiende a razones...
- Me duele la cadera.
Mientras el pequeño dibujaba cuadros abstractos con los restos de azucar coloreada por el café.
¡Cuánto me has dado por tan poco, negra!
- Siempre nos fue bien así.
¡Otro chupito qué invito yo!
- He trabajado duro para vosotros.
¿Estarán sordos?¿Seré muda?¿Serán las dos cosas?
- Si no me ayudáis tendré que defenderme yo misma.
¡Ay, mi huerto, mi huerto!
- Me marcho.
- ¡Me muero!
-¡Silencio!
¡Venganza!
¡Futuro!
¡Desmadre!
¡Paciencia!
¡Orgullo!
¡Poder!
¡Decrepitud!
- Pero, por dios, ¡no os dais cuenta de que somos una familia!
martes, 15 de noviembre de 2011
Pseudotwitter
Hay mañanas en las que el mundo parece girar a menor velocidad: salgo, leo el periódico, miro las hojas de los árboles, todos los borrachos de Toronto con los que me cruzo me saludan...y al final lo único extraño es que no me haya parado la policia.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
No Neymar
El no-jugador del Real madrid se ha convertido en la no-noticia del día. Finalmente su no-fichaje ha recibido el espacio no-merecido en los medios de no-comunicación.
Visto en perspectiva podríamos decir que es un ejemplo de la no-información. Nunca existió un sustrato noticiable. La realidad no daba de sí para tantas portadas deportivas. Hubo que generar una gran no-noticia que alimentara al no-lector deportivo y, al mismo tiempo, a las arcas de los maltrechos medios de no-comunicación: el no-hecho de que no- Neymar no-jugaría en el Real Madrid. Hoy sabemos que el principio y el final de esta historia es el mismo: nada. Nada por aquí, nada por allá, ¿dónde está la pelotita?
¡Ay, la dichosa pelotita!
Visto en perspectiva podríamos decir que es un ejemplo de la no-información. Nunca existió un sustrato noticiable. La realidad no daba de sí para tantas portadas deportivas. Hubo que generar una gran no-noticia que alimentara al no-lector deportivo y, al mismo tiempo, a las arcas de los maltrechos medios de no-comunicación: el no-hecho de que no- Neymar no-jugaría en el Real Madrid. Hoy sabemos que el principio y el final de esta historia es el mismo: nada. Nada por aquí, nada por allá, ¿dónde está la pelotita?
¡Ay, la dichosa pelotita!
Nota semántica.
...me encuentro rodeado de seres humanos especialmente dotados por género para la comunicación verbal y no paro de preguntarme quién sacó aquellas conclusiones porque yo cada vez las escucho más y las entiendo menos.
Sin embargo me "la han dado" de nuevo. Yo soy propenso a hacer las cosas de manera impulsiva y apresurada, intento ser productivo y aprovechar aceleradamente los cinco minutos en los que está hirviendo el guiso, con consecuencias nefastas para el mismo en no pocas ocasiones, así que me he cansado de oir a la mejor acompañante en estos tiempos diciendome "atolondrado".
Yo no me sentía identificado porque me suena a "indeciso", "dubitativo", "lento" adjetivos que no van conmigo ni con las situaciones referidas. Y sin embargo "atolondrado" según la vetusta RAE es simplemente "aquel que procede sin reflexión". Lo cuál , a uno que me vea sin conocerme le puede parecer bien adecuado.
Claro que ese no sabe la cantidad de tiempo al día que me pasó en el metro sin nada que leer....
Sin embargo me "la han dado" de nuevo. Yo soy propenso a hacer las cosas de manera impulsiva y apresurada, intento ser productivo y aprovechar aceleradamente los cinco minutos en los que está hirviendo el guiso, con consecuencias nefastas para el mismo en no pocas ocasiones, así que me he cansado de oir a la mejor acompañante en estos tiempos diciendome "atolondrado".
Yo no me sentía identificado porque me suena a "indeciso", "dubitativo", "lento" adjetivos que no van conmigo ni con las situaciones referidas. Y sin embargo "atolondrado" según la vetusta RAE es simplemente "aquel que procede sin reflexión". Lo cuál , a uno que me vea sin conocerme le puede parecer bien adecuado.
Claro que ese no sabe la cantidad de tiempo al día que me pasó en el metro sin nada que leer....
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Fantasio luego existo
lunes, 7 de noviembre de 2011
Postadolescencia y sensaciones Pre-Facebook
“Ja ja ja … me he reido mucho, tu mail es muy ingenioso…” pero luego nadie te escribe para decírtelo o para contarte su vida que es lo que tu has hecho y esperabas ser correspondido… luego quizás te digan,con suficiencia, “es que tu NECESITAS escribir”, y en cierto modo será verdad pero desde luego lo que no necesito es escribirte a ti que no me contestas, recibes mis emailes y si los lees lo haces como el que lee un forward de alguien desconocido…
Para no seguir en esa dirección que solo lleva a enfados de mayor o menor envergadura con los que son al fin y al cabo tus amigos pues dejas de escribir esos estúpidos correos, y resulta que sí, tenían razón los cabrones y lo necesitabas …
...porque ahora que ya no lo haces, que no escribes, lo echas de menos.
Para no seguir en esa dirección que solo lleva a enfados de mayor o menor envergadura con los que son al fin y al cabo tus amigos pues dejas de escribir esos estúpidos correos, y resulta que sí, tenían razón los cabrones y lo necesitabas …
...porque ahora que ya no lo haces, que no escribes, lo echas de menos.
domingo, 30 de octubre de 2011
I.- Votar....botado?
no voy a poder votar.... resulta que aún teniendo la residencia oficial y todos los papeles, tenía que confirmar por correo mi intención de votar, y este proceso me fue transmitido también por carta; mi alergía habitual al correo postal que no viene manuscrito y la lista de cosas pendientes por hacer hizo el resto y hasta hoy, cuando el plazo ha vencido largamente...
Quería votar esta vez y me enfada no poder hacerlo pero en la manía de buscarle sentido a las cosas y significados trascendente tiene lógica. Lo que me echó, me botó, varias veces de mi ciudad sigue allí, no ha cambiado en siglos y participar de esa evolución ciudadana que muchos creemos necesaría es para mi personalmente agotador y poco satisfactorio. Alabando el mérito y aplaudiendo a los que sí lo hacen.
Pero uno no puede negar su origen y leo a diario la prensa nacional y local, ¿con qué sentido? ¿Para qué?. Sigo informándome de la actualidad, intentando comprenderla para encontrale salidas, un proyecto que como digo no es el mío...ahora incluso leo más, entre otras cosas porque los kilómetros evitan que me enfade como antes, al no vivir allí ni sufrir en propio lo que veo en internet. ¿Sin vivir allí la sigo aún sintiendo mi ciudad? Probablemente. Y lo mismo me ocurre aquí, es donde vivo pero como no es mi sitio tampoco me amargan las ocasionales anécdotas desagradables inherentes al vivir.
En realidad yo pienso que uno debería leer la prensa local de donde vive, arrastrar su ciudad consigo y no sucumbir a la atracción de sentirse un extraño a donde vaya. No saltarse el peaje de la realidad...
... o compensa pagar el precio a pesar de todo.
Quería votar esta vez y me enfada no poder hacerlo pero en la manía de buscarle sentido a las cosas y significados trascendente tiene lógica. Lo que me echó, me botó, varias veces de mi ciudad sigue allí, no ha cambiado en siglos y participar de esa evolución ciudadana que muchos creemos necesaría es para mi personalmente agotador y poco satisfactorio. Alabando el mérito y aplaudiendo a los que sí lo hacen.
Pero uno no puede negar su origen y leo a diario la prensa nacional y local, ¿con qué sentido? ¿Para qué?. Sigo informándome de la actualidad, intentando comprenderla para encontrale salidas, un proyecto que como digo no es el mío...ahora incluso leo más, entre otras cosas porque los kilómetros evitan que me enfade como antes, al no vivir allí ni sufrir en propio lo que veo en internet. ¿Sin vivir allí la sigo aún sintiendo mi ciudad? Probablemente. Y lo mismo me ocurre aquí, es donde vivo pero como no es mi sitio tampoco me amargan las ocasionales anécdotas desagradables inherentes al vivir.
En realidad yo pienso que uno debería leer la prensa local de donde vive, arrastrar su ciudad consigo y no sucumbir a la atracción de sentirse un extraño a donde vaya. No saltarse el peaje de la realidad...
... o compensa pagar el precio a pesar de todo.
II.- La Ciudad Invisible
Para mí es adictivo este cambiar de sociedades cada temporada, lejos de provocarme inseguridad me parece emocionante, la emoción de lo desconocido tiene mucha potencia y tapa con braniz de novedad la realidad, que esconde las mismas miserias en todos sitos. Te libera además de cierta responsabilidad social que tenemos todos en esa escala local, a medio tamaño entre el vecino de enfrente y la nacionalidad de uno.
Tomaba por tontos, y sin dejar de hacerlo del todo, admiro y envidio ahora a aquellos que se mantuvieron en el lugar,geográfico o emocional.
Ese aficionado del Levante, equipo "pobre" de Valencia, que siempre fue del Levante, cuyo padre era del Levante e iba todo los domingos a ver jugar al Levante, en segunda o en tercera... ¡que estupidez! y a la vez que satisfecho estará estos días, podrá mostrar un (¿estúpido?) orgullo o una alegría para mi vetados.
[Cuando escuchaba aquel programa de Radio3, "La Ciudad Invisible" siempre tuve clara mi respuesta a lo que cada invitado describía como su ciudad ideal (...sin coches, con muchos teatros sin mar o en la montaña...). La mía, mi ciudad ideal es aquella desconocida, la que al llegar a la esquina va a sorpenderme al girar porque nunca he andado por esta calle.]
Me intento justificar pensando que aquellos que no cambiaron de barrio ni de equipo no tuvieron más remedio, y si ahora encuentran la alegría la tienen merecida por los malos tiempos anteriores, y que en cualquier caso serán minoría con respecto a todos los demás que no tuvieron suerte y siguieron años y años apoyando al equipo perdedor...
Ese es de nuevo el punto de vista externo, del observador desapegado y analítico del que olvida que uno puede modificar su realidad además de escaparse cambiando de escenario.
Olvidemos la comparación barata con el fútbol. Tenemos un ejemplo dramático y magnífico. Felicidades a todos los que se quedaron contra el miedo en el Pais Vasco, sobre todo porque pudieron irse y no quisieron.
Tomaba por tontos, y sin dejar de hacerlo del todo, admiro y envidio ahora a aquellos que se mantuvieron en el lugar,geográfico o emocional.
Ese aficionado del Levante, equipo "pobre" de Valencia, que siempre fue del Levante, cuyo padre era del Levante e iba todo los domingos a ver jugar al Levante, en segunda o en tercera... ¡que estupidez! y a la vez que satisfecho estará estos días, podrá mostrar un (¿estúpido?) orgullo o una alegría para mi vetados.
[Cuando escuchaba aquel programa de Radio3, "La Ciudad Invisible" siempre tuve clara mi respuesta a lo que cada invitado describía como su ciudad ideal (...sin coches, con muchos teatros sin mar o en la montaña...). La mía, mi ciudad ideal es aquella desconocida, la que al llegar a la esquina va a sorpenderme al girar porque nunca he andado por esta calle.]
Me intento justificar pensando que aquellos que no cambiaron de barrio ni de equipo no tuvieron más remedio, y si ahora encuentran la alegría la tienen merecida por los malos tiempos anteriores, y que en cualquier caso serán minoría con respecto a todos los demás que no tuvieron suerte y siguieron años y años apoyando al equipo perdedor...
Ese es de nuevo el punto de vista externo, del observador desapegado y analítico del que olvida que uno puede modificar su realidad además de escaparse cambiando de escenario.
Olvidemos la comparación barata con el fútbol. Tenemos un ejemplo dramático y magnífico. Felicidades a todos los que se quedaron contra el miedo en el Pais Vasco, sobre todo porque pudieron irse y no quisieron.
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